POR ROGELIO MORENO SÁNCHEZ.

En este espacio quiero compartir las vivencias que escribió mi padre sobre su infancia. La muerte nos lo arrebató hace poco y estas pequeñas memorias quedaron inconclusas. Las escribió para compartirlas con todos aquellos que le querían a él y a su Zafra y esta red infinita permite que esto pueda ser una realidad.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Parte III


Foto en la entrada del Rosario
     
Recuerdo un día que intentó quitarme el taco del billar un cordimariano, me rebelé por aquello que yo consideraba una injusticia y quise “atizarle” con el taco. Se metió bajo la mesa de billar, para esquivar mis intenciones,  y yo salí con una rabieta enorme para mi casa, y sin poder haberle propinado un buen “tacazo”. El padre Díaz, que era el  que “lidiaba” con nosotros, fue tras de mí alcanzándome en el Arco del Cubo.
-Como sigas con ese genio vas a tener más de un disgusto en la vida. Así que cálmate. Cuenta siempre hasta diez. Y ahora volvamos y pide perdón, ya que si persistes en tu actitud nos veremos obligados a expulsarte.

Y como a mí me gustaba mucho jugar al fútbol...Por otro lado,  pensé en mi madre que se pondría como una fiera por la expulsión. Aunque lo que me hizo desistir  con más fuerza del berrinche es pensar que todos mis amigos estaban allí y yo tenía que seguir con los “Semi”. No vi otra manera de seguir jugando al fútbol,  que deponer mi actitud.  Me amansé y todo terminó bien,  después de haberme tenido que “bajar los pantalones” ante aquél energúmeno de cordimariano.
En la sala donde jugábamos al ping-pong teníamos un armario donde guardábamos las camisetas, los pantalones de deportes y las calcetas, y cuando abríamos las puertas el hedor intenso que desprendía era como un olor a revoluto de sudor juvenil y añejo por el tiempo que llevaba sin lavarse aquellas prendas. La verdad es que aquel olor era único y nunca más he vuelto a percibirlo. 
Teníamos dos o tres balones, pero no se crean que se parecían en algo a los balones actuales de fútbol . ¡Qué va! Aquellos balones eran de un cuero duro y cuando le dabas de cabeza te quedabas como los boxeadores, un poco grogui. Nunca me han pegado con un guante de boxeo, pero me imagino que rematar de cabeza con aquellos balones y un guantazo de Uzain tenía que parecer igual. Aquellos balones duraban muchísimo tiempo, porque cuando se descosían, allí estaba el padre Domínguez para coserlos, y luego siempre había dos o tres voluntarios para darles un poco de grasa por las costuras. Quedaban como nuevos, al menos eso nos parecía a nosotros (continuará en parte IV...)

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